Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig De lo que les aconteció a Cunegunda, a Cándido, al gran inquisidor y a un judío
ESTE Isachar era el hebreo más colérico de cuantos en Israel se vieron, desde el cautiverio en Babilonia. «¡Cómo!, dijo, ¿galilea perra, no te basta con el señor inquisidor? ¿Tiene este bribón que compartir también conmigo?» Diciendo esto saca un largo puñal del que siempre andaba provisto, y creyendo que su adversario no llevaba armas, se lanza sobre Cándido; pero nuestro buen vestfaliano había recibido de la vieja, con el traje completo, una hermosa espada. Saca la espada, aunque él fuera de mansas costumbres, y hete que deja al israelita tieso en el suelo a los pies de la bella Cunegunda.
«¡Virgen santa!, exclamó ella, ¿qué va a ser de nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, estamos perdidos. —Si Pangloss no hubiera sido ahorcado, dijo Cándido, nos daría un buen consejo en este trance, pues era un gran filósofo. A falta suya, consultemos a la vieja.» Ésta era muy prudente, y empezaba a dar su parecer cuando se abrió otra puertecita. Era la una de la madrugada, empezaba el domingo. Aquel día le pertenecía a monseñor el inquisidor. Entra y ve al azotado Cándido, con la espada en la mano, un muerto en el suelo, a Cunegunda aterrada, y a la vieja dando consejos.
