Candido. Micromegas. Zadig
Candido. Micromegas. Zadig Un qué penuria llegaron Cándido, Cunegunda y la vieja a Cádiz, y de cómo embarcaron
¿QUIÉN me habrá robado mis doblas y mis diamantes?, decía llorando Cunegunda; ¿de qué viviremos? ¿cómo haremos? ¿dónde encontrar a inquisidores y judíos que me den otros? —¡Ay!, dijo la vieja, mucho sospecho de un reverendo padre franciscano que durmió ayer en la misma posada que nosotros en Badajoz; ¡Dios me guarde de juicios temerarios, pero entró por dos veces en nuestro cuarto, y partió mucho antes que nosotros! —¡Ay!, dijo Cándido, el buen Pangloss me había a menudo demostrado que los bienes de la tierra son comunes a todos los hombres, que cada cual tiene a ellos el mismo derecho. Aquel franciscano bien debía, siguiendo este principio, habernos dejado con qué terminar el viaje. ¿Entonces, no nos queda nada de nada, mi bella Cunegunda? —Ni un maravedí, dijo. —¿Qué determinación tomar?, dijo Cándido. —Vendamos uno de los caballos, dijo la vieja; montaré en la grupa detrás de la señorita, aunque sólo pueda apoyarme en una nalga, y llegaremos a Cádiz.»
