Candido. Micromegas. Zadig

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CAPÍTULO XI

Historia de la vieja

NO siempre he tenido el párpado vuelto y los ojos ribeteados de escarlata; ni ha topado siempre mi nariz con la barbilla y no he sido siempre criada. Soy hija del papa Urbano X y de la princesa de Palestrina. Me educaron hasta los catorce años en un palacio al cual todos los castillos de vuestros barones alemanes no hubieran servido ni de cuadra; y uno de mis vestidos valía más que todas las magnificencias de Vestfalia. Crecía en belleza, gracia, talento, en medio de placeres, respeto y esperanzas. Ya inspiraba amor; mi pecho se formaba; y ¡qué pecho! blanco, firme, tallado, como el de la Venus de Médicis; y ¡qué ojos! ¡qué párpados! ¡qué negras cejas! Qué llamas brillaban en las niñas de mis ojos y borraban el centelleo de las estrellas, como decían los poetas del barrio. Las mujeres que me vestían y me desnudaban caían en éxtasis al mirarme por delante y por detrás; y todos los hombres hubieran deseado estar en su lugar.




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