Candido. Micromegas. Zadig

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CAPÍTULO XII

Continuación de las desgracias de la vieja

EXTRAÑADA y encantada de oír la lengua de mi patria, y no menos sorprendida por las palabras que aquel hombre profería, le contesté que mayores desgracias había que aquella de la que se quejaba. Le informé en dos palabras de los horrores que había soportado, y volví a desvanecerme. Me llevó a una casa próxima, mandó que me acostaran, que me dieran de comer, me sirvió y me consoló, me halagó, me dijo que no había visto nada tan bello como yo, y que nunca había echado tanto de menos lo que nadie podía devolverle. «Nací en Nápoles, me dijo, allí se capan a dos o tres mil niños todos los años; unos mueren, otros adquieren una voz más bella que la de las mujeres, otros se van a gobernar estados. Me operaron con éxito, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina. —¡De mi madre!, exclamé. —¡De vuestra madre!, exclamó él llorando, ¡cómo! ¡acaso sois aquella joven princesa a la que eduqué hasta los seis años, y que prometía ser tan bella como sois! —La misma; mi madre a cuatrocientos pasos de aquí, descuartizada bajo un montón de muertos…»


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