Candido. Micromegas. Zadig

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CAPÍTULO XIX

De lo que les aconteció en Surinam[1], y de cómo Cándido conoció a Martín

LA primera jornada de nuestros dos viajeros fue bastante agradable. Les daba ánimos la idea de saberse poseedores de más tesoros de los que Asia, Europa y África podían reunir. Cándido, arrobado, escribió el nombre de Cunegunda en los árboles. En la segunda jornada, dos de sus carneros se hundieron en las marismas, y allí se abismaron con sus cargamentos; otros dos carneros murieron de cansancio unos días después; siete u ocho perecieron luego de hambre en el desierto; otros cayeron al cabo de unos días en precipicios. Al fin, tras cien días de marcha, sólo les quedaron dos carneros. Cándido dijo a Cacambo: «Amigo, ya veis lo perecederas que son las riquezas de este mundo; nada hay sólido más que la virtud y la felicidad de volver a ver a la señorita Cunegunda. —Lo confieso, dijo Cacambo; pero aún nos quedan dos cameros con más tesoros de los que pueda tener jamás el rey de España; y a lo lejos veo una ciudad que sospecho ha de ser Surinam, que pertenece a los holandeses. Estamos al cabo de nuestras fatigas y al comienzo de nuestra dicha.»


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