Cándido
Cándido Asà que se recobráron un poco del susto y el cansancio, se encamináron á Lisboa. Llevaban algun dinero, con el qual esperaban librarse del hambre, despues de haberse zafado de la tormenta. Apenas pusiéron los piés en la ciudad, lamentándose de la muerte de su bien-hechor, la mar embatió bramando el puerto, y arrebató quantos navÃos se hallaban en él anclados; se cubriéron calles y plazas de torbellinos de llamas y cenizas; hundÃanse las casas, caÃan los techos sobre los cimientos, y los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades y sexôs eran sepultados entre ruinas. El marinero tarareando y votando decia: Algo ganarémos con esto. ¿Qual puede ser la razon suficiente de este fenómeno? decia Panglós; y Candido exclamaba: Este es el dia del juicio final. El marinero se metió sin detenerse en medio de las ruinas, arrostrando la muerte por buscar dinero, con el que encontró se fué á emborrachar; y después de haber dormido la borrachera, compró los favores de la ramera que topó primero, y que se dió á él entre las ruinas de los desplomados edificios, y en mitad de los moribundos y los cadáveres, puesto que Panglós le tiraba de la casaca, diciéndole: Amigo, eso no es bien hecho, que es pecar contra la razon universal, porque ahora no es ocasion de holgarse. Por vida del Padre Eterno, respondió el otro, yo soy marinero, y nacido en Batavia; quatro veces he pisado el crucifixo en quatro viages que tengo hechos al Japon. Pues no vienes mal ahora con tu razon universal.