Cándido

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El agá, hombre de mucho mérito, se llevó consigo todo su serrallo, y nos alojó en un fortin sobre la laguna Meótides, á la guarda de dos eunucos negros y veinte soldados. Fuéron muertos millares de Rusos, pero no nos quedáron á deber nada: Azof fué entrada á sangre y fuego, y no se perdonó edad ni sexô: solo quedó nuestro fortin, que los enemigos quisiéron tomar por hambre. Los veinte genízaros juráron no rendirse; los apuros del hambre á que se viéron reducidos, los forzáron á comerse á los dos eunucos, por no faltar al juramento; y al cabo de pocos dias se resolviéron á comerse las mugeres.

Teníamos un iman, varon muy pío y caritativo, que les predicó un sermón eloqüente, exhortándolos á que no nos mataran del todo. Cortad, dixo, una nalga á cada una de estas señoras, con la qual os regalaréis á vuestro sabor; si es menester, les cortaréis la otra dentro de algunos dias: el cielo remunerará obra tan caritativa, y recibiréis socorro. Como era tan eloqüente, los persuadió, y nos hiciéron tan horrorosa operacion. Púsonos el iman el mismo ungüento que se pone á las criaturas recien circuncidadas, y todas estábamos á punto de muerte.




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