Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Ya no se teme en Holanda que las disputas de un Gomar sobre la predestinación hagan que se le corte la cabeza al Gran Pensionario. Ya no se teme en Londres que las querellas entre los presbiterianos y los episcopalistas acerca de una liturgia o de una sobrepelliz hagan derramar la sangre de un rey sobre un cadalso. Una Irlanda poblada y enriquecida no volverá a ver a sus ciudadanos católicos sacrificar a Dios durante dos meses a sus ciudadanos protestantes, enterrarlos vivos, colgar a las madres de las horcas, atar a las hijas al cuello de sus madres y verlas expirar juntas; abrir el vientre de las mujeres encintas, sacarles los hijos a medio formar y darlos a comer a los cerdos y a los perros; poner un puñal en la mano de sus prisioneros ya en el garrote y guiar su brazo hasta el seno de sus mujeres, de sus padres, de sus madres, de sus hijas, imaginando convertirlos en mutuos parricidas, condenándolos a todos al exterminarlos a todos. Eso es lo que nos relata Rapin-Toiras, oficial en Irlanda casi contemporáneo; es lo que nos cuentan todos los anales, todas las historias de Inglaterra, y lo que sin duda no será jamás imitado. La filosofía, la sola filosofía, esa hermana de la religión, ha desarmado las manos que la superstición había ensangrentado durante tanto tiempo; y el espíritu humano, al despertarse de su embriaguez, se ha asombrado de los excesos a los que le había llevado el fanatismo.