Contra el fanatismo religioso
Contra el fanatismo religioso Los pueblos de los que la historia nos ha dado unos débiles conocimientos han visto todos ellos sus diferentes religiones como nudos que los unían; era una asociación del género humano. Había una especie de derecho de hospitalidad entre los dioses, así como entre los hombres. Un extranjero que llegaba a una ciudad comenzaba por adorar a los dioses del país; no dejaba de venerar a los mismos dioses de sus enemigos. Los troyanos elevaban oraciones a los dioses que luchaban a favor de los griegos.
Alejandro fue a consultar, en los desiertos de Libia, al dios Ammón, al que los griegos dieron el nombre de Zeus y los latinos de Júpiter, aunque unos y otros tuviesen a su Júpiter y su Zeus en su país. Cuando se asediaba una ciudad, se hacía un sacrificio y se rezaba a los dioses de esa ciudad, para volverlos a su favor. Así, incluso en medio de la guerra, la religión unía a los hombres, y suavizaba a veces sus furores, si bien en ocasiones les ordenaba acciones inhumanas y horribles.
