Contra el fanatismo religioso

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¿Cómo puede creerse, por ejemplo, que los romanos, aquel pueblo grave y severo, del que hemos tomado nuestras leyes, condenaran a vírgenes cristianas, a unas hijas de buenas familias, a la prostitución? Es conocer muy mal la austera dignidad de nuestros legisladores, que castigaban con toda severidad las debilidades de las vestales. Los Hechos sinceros del benedictino Ruinart relatan esas infamias, pero ¿debemos creer igual los Hechos de Ruinart que los Hechos de los Apóstoles? Esos Hechos sinceros cuentan, según Jean Bolland, que había en la ciudad de Ancira siete vírgenes cristianas, de alrededor de setenta años cada una, a las que el gobernador Teodecto condenó a pasar por las manos de los jóvenes de la ciudad, pero que a esas vírgenes, habiendo sido respetadas (como era de esperar), las obligó a servir desnudas en los misterios de Diana, a los que, sin embargo, no se asistía nunca más que con un velo. San Teodoto, que, a decir verdad, era posadero pero que no por eso tenía menos celo, pidió ardientemente a Dios que tuviera a bien hacer morir a aquellas santas doncellas, por miedo a que no sucumbieran a la tentación. Dios lo escuchó: el gobernador las hizo arrojar a un lago con una piedra en el cuello; se le aparecieron de inmediato a Teodoto y le rogaron que no permitiera «que sus cuerpos fueran comidos por los peces»: esas fueron sus propias palabras.



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