El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV En un principio, unió a sus propósitos políticos las gestiones generosas, desde que los turcos amenazaron Austria; y no es que haya mandado por segunda vez socorros al emperador, sino que declaró que no atacarla los Países Bajos y dejaría por ello a la rama de Austria española el poder de ayudar a la rama alemana, a punto de sucumbir. Quería, como precio de su inacción, que se le diera satisfacción a propósito de algunos puntos equívocos del tratado de Nimega y, principalmente, sobre el bailío de Alost, cuya inserción en el tratado fué olvidada. Hizo levantar el bloqueo de Luxemburgo en 1682 sin esperar la satisfacción, y se abstuvo de toda hostilidad durante un año entero. Desmintió esta generosidad durante el sitio de Viena. El consejo de España en lugar de apaciguarlo lo agrió, y Luis XIV volvió a tomar las armas en los Países Bajos, justo cuando Viena iba a sucumbir: eso era a principios de septiembre; pero contra todo lo esperado, Viena fué liberada. La presunción del gran visir, su molicie, su desprecio brutal por los cristianos, su ignorancia, su lentitud, lo perdieron: fué necesario lo excesivo de todas estas faltas para que Viena no fuera tomada. El rey de Pol onia, Juan Sobieski, tuvo tiempo de llegar y, con el auxilio del duque de Lorena, le bastó con presentarse ante la multitud otomana para derrotarla (12 de septiembre de 1683). El emperador regresó a su capital con el dolor de haberla dejado. Entró en ella cuando su libertador salía de la iglesia[100] donde se había cantado el Te Deum, y donde el predicador había tomado como texto: “Hubo un hombre enviado de Dios, llamado Juan.” Hemos visto ya[101] que el papa Pío V se refirió con esas palabras a don Juan de Austria, después de la victoria de Lepanto (octubre de 1571). Es sabido que lo que parece nuevo no es con frecuencia más que una repetición (agosto de 1684). El emperador Leopoldo quedó a un mismo tiempo vencedor y humillado. El rey de Francia, sin tener ya que hacer contemplaciones hizo bombardear Luxemburgo. Se apoderó de Courtrai y de Dixmude en Flandes, y de Treveris, donde demolió las fortificaciones, todo ello para cumplir, se decía, con el espíritu de los tratados de Nimega. Negociaba con los imperiales y los españoles en Ratisbona mientras se apoderaba de sus ciudades; y la paz de Nimega quebrantada se sustituyó por una tregua de veinte años, por la cual el rey conservó la ciudad y el principado de Luxemburgo que acababa de tomar.