El Siglo de Luis XIV

El Siglo de Luis XIV

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Esta primera desgracia en Irlanda fué seguida pronto de una mayor desventura: llegó Guillermo y marchó contra él. El río Boyne los separaba. (11 de julio de 1690) Guillermo comenzó a cruzarlo a la vista del enemigo; se lo podía vadear apenas por tres sitios. La caballería pasó a nado y la infantería con el agua hasta los hombros; pero en la orilla opuesta era necesario todavía atravesar un pantano; luego se llegaba a un terreno escarpado que formaba una trinchera natural. El rey Guillermo hizo pasar su ejército por tres sitios y empeñó la batalla. Los irlandeses, a quienes hemos visto como excelentes soldados en Francia y en España, siempre combatieron mal en su país. Hay naciones que parecen haber sido hechas para estar sometidas a otra. Los ingleses han tenido siempre sobre los irlandeses la superioridad del genio, de las riquezas y de las armas.[114] Jamás ha podido Irlanda sacudir el yugo de Inglaterra, desde que un simple señor inglés la sometió. Los franceses combatieron en la jornada de Boyne pero los irlandeses huyeron. Su rey Jacobo no apareció en la acción[115] ni al frente de los franceses ni al frente de los irlandeses y fué el primero en retirarse [116] Sin embargo, habían mostrado siempre mucho valor; pero hay ocasiones en las que el abatimiento de espirito predomina sobre el coraje. Al rey Guillermo, a quien una bala de cañón rozó el hombro antes de la batalla, se le dió por muerto en Francia. Esta falsa noticia se recibió en París con una alegría indecente y vergonzosa. Algunos magistrados subalternos excitaron a los burgueses y al pueblo a que pusieran iluminaciones. Se tocaron las campanas. Se quemaron en diversos barrios figuras de mimbre que representaban al príncipe de Orange, como se quema al papa en Londres. Se disparó la artillería de la Bastilla, no por orden del rey, sino por el celo desconsiderado de un comandante. Se creería por tales señales de gozo, y por lo que afirman tantos escritores, que esa alegría desenfrenada por la supuesta muerte de un enemigo era efecto del extremado temor que inspiraba. Todos los escritores —franceses y extranjeros— han dicho que ese regocijo era el mayor elogio del rey Guillermo. Sin embargo, si se presta atención a las circunstancias del tiempo y al espíritu reinante entonces, se verá fácilmente que no era el temor el que producía esos transportes de alegría. Los burgueses y el pueblo no llegan a temer a un enemigo sino cuando amenaza la ciudad. Lejos de sentir terror por el nombre de Guillermo, el común de los franceses cometía entonces la injusticia de despreciarlo. Casi siempre fué derrotado por los generales franceses; pero el vulgo ignoraba cuánta gloria verdadera había ganado ese príncipe, hasta en sus derrotas. Guillermo, vencedor de Jacobo en Irlanda, no parecía todavía a los ojos de los franceses un enemigo digno de Luis XIV. París, idólatra de su rey, lo creía realmente invencible. El regocijo no fué, pues, fruto del temor sino del odio. La mayor parte de los parisienses, nacidos bajo el reinado de Luis, y modelados por el yugo despótico, miraban a un rey como a una divinidad y a un usurpador como a un sacrílego. La plebe, que vio a Jacobo ir todos los días a m isa,[117] detestaba al herético Guillermo. La imagen de un yerno y una hija que habían expulsado a su padre, la de un protestante que reinaba en lugar de un católico, en fin, la de un enemigo de Luis XIV, arrebataba a los parisienses con una especie de furor; pero la gente sensata pensaba moderadamente.


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