El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV El rey había resuelto convertir en un desierto al Palatinado en cuanto esas ciudades fueran tomadas. Tenía como mira la de impedir a los enemigos que subsistieran en el, más que la de vengarse del elector palatino, que no había cometido otro crimen que el de cumplir con su deber uniéndose al resto de Alemania contra Francia. (Febrero de 1689) Llegó al ejército una orden de Luis, firmada por Louvois, de reducirlo todo a cenizas. Los generales franceses que no podían hacer sino obedecer, notificaron, pues, en pleno invierno, a los ciudadanos de todas esas ciudades tan florecientes y tan bien protegidas, a los habitantes de los pueblos, a los dueños de más cíe cincuenta castillos, que era menester que dejaran sus moradas porque se las iba a destruir hasta los cimientos. Hombres, mujeres, ancianos, niños, salieron apresuradamente. Una parte anduvo errante por los campos, otra se refugió en los países vecinos, mientras el soldado, que acata siempre las órdenes rigurosas, pero jamás ejecuta las clementes, quemaba y saqueaba su patria. Se comenzó por Manheim y por Heidelberg, residencia de los electores; sus palacios fueron destruidos junto con las casas de los ciudadanos; sus tumbas fueron abiertas por la rapacidad del soldado, que creía encontrar tesoros; sus cenizas fueron dispersadas. Por segunda vez bajo el reinado de Luis XIV, fué arrasado ese hermoso país; pero las llamas con las que Turena quemó dos ciudades y veinte pueblos del Palatinado eran meras chispas comparadas con este último incendio. Europa se horrorizó. Los oficiales que las ejecutaron estaban avergonzados de ser los instrumentos de tales crueldades. Se las achacaba al marqués de Louvois, que se había hecho más inhumano por ese endurecimiento del corazón que produce un largo ministerio. Fué él quien (lió, en efecto, esos consejos, pero Luis XIV era dueño de no seguirlos. Si el rey hubiera sido testigo de ese cspectáculo, habría apagado él mismo las llamas. Firmó, desde su palacio de Versalles, y en medio de los placeres, la destrucción de todo un país, porque no veía en esa orden más que su poder y el desgraciado derecho de guerra; pero de más cerca, hubiera visto sólo el horror.[125] Las naciones que hasta ese momento habían censurado únicamente su ambición, pero lo admiraban, clamaron entonces contra su dureza y hasta condenaron su política; porque si los enemigos hubieran penetrado en sus estados como él en los estados enemigos, habrían reducido sus ciudades a cenizas.