El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Víctor Amadeo, duque de Saboya, era de todos los príncipes el que más rápidamente se avenía a romper sus compromisos cuando era en beneficio de sus intereses. La corte de Francia se dirigió a él. El conde de Tessé, después mariscal de Francia, hombre hábil y amable, de carácter hecho para agradar, que es el talento fundamental de los negociadores, actuó, al principio, secretamente en Turín. El mariscal de Catinat tan apto para la paz como para la guerra, concluyó la negociación. No eran necesarios dos hombres hábiles para decidir al duque de Saboya a que aceptara ventajas. Se le devolvía su país, se le daba dinero, se proponía el casamiento de su hija con el joven duque de Borgoña, hijo de Monseñor, heredero de la corona de Francia. Se pusieron de acuerdo inmediatamente: (julio de 1696) el duque y Catinat concluyeron el tratado en Nuestra Señora de Loreto, adonde fueron con el pretexto de un peregrinaje devoto que no engañó a nadie. El papa (era entonces Inocencio XII) participaba ardientemente en esta negociación. Su propósito era liberar, a la vez, a Italia de las invasiones de los franceses y de las contribuciones continuas que el emperador exigía para pagar sus ejércitos. Se quería que los imperiales dejasen a Italia neutral y el duque de Saboya se comprometía por el tratado a obtener la neutralidad. Al principio, el emperador contestó con una negativa, porque la corte de Viena casi no se decidía más que en último extremo. Entonces el duque de Saboya unto sus tropas al ejército francés. En menos de un mes este príncipe se convirtió de generalísimo del emperador en generalísimo de Luis XIV. Llevaron a su hija a Francia para casarla a los once años con el duque de Borgoña que tenía trece. Después de la defección del duque de Saboya, pasó lo que en la paz de Nimega: que cada uno de los aliados resolvió negociar. Para empezar, el emperador aceptó la neutralidad de Italia. Los holandeses propusieron el castillo de Ryswick, cerca de La Haya, para las conferencias de una paz general. Cuatro ejércitos que el rey tenía en pie sirvieron para apresurar las conclusiones. Ochenta mil hombres estaban en Flandes al mando de Villeroi, el mariscal de Choiseul se hallaba con cuarenta mil a orillas del Rin, Catinat tenía también otros tantos en el Piamonte. El duque de Vendôme, llegado al fin al generalato después de pasar por todos los grados, desde el de guardia del rey, como soldado de fortuna, mandaba en Cataluña en la que ganó un combate y tomó Barcelona (agosto de 1697). Esos nuevos esfuerzos y esos nuevos éxitos fueron la mediación más eficaz. La corte de Roma ofreció de nuevo su arbitraje que fué rehusado como en Nimega. El rey de Suecia, Carlos XI, fué el mediador. (Septiembre-octubre de 1697) Finalmente se hizo la paz, ya no con aquella altivez y aquellas condiciones ventajosas que señalaron la grandeza de Luis XIV, sino con una facilidad y un desprendimiento de sus derechos que asombraron igualmente a los franceses y a los aliados. Durante mucho tiempo se ha creído que esta paz había sido preparada por la más profunda política.