El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Los ingleses estaban a las órdenes de uno de los hombres más singulares que ese país haya producido jamás, tan fértil en espíritus altivos, valientes y extravagantes. Era el conde Peterborough, hombre semejante en todo a esos héroes con los cuales la imaginación de los españoles ha llenado tantos libros. A los quince años partió de Londres para ir a pelear contra los moros en África; cuando tenía veinte años comenzó la revolución en Inglaterra, y fué el primero en ir a Holanda a ponerse al lado del príncipe de Orange; pero como temiera que sospecharan de la razón de su viaje se embarcó para América y de allí se fué a La Haya en un barco holandés. Perdió, dio todos sus bienes, y rehizo su fortuna más de una vez. Por aquel entonces hacía la guerra en España, casi a sus expensas, y mantenía al archiduque y a toda su casa. Era él quien sitiaba Barcelona con el príncipe de Darmstadt[180] y le propuso a éste un ataque sorpresivo a las trincheras que cubren el fuerte Montjuich y la ciudad. Toman espada en mano las trincheras, en las que perece el príncipe de Darmstadt. Una bomba explota en el frente sobre el depósito de pólvora y lo hace saltar; toman el fuerte y la ciudad capitula. El virrey habla con Peterborough a las puertas de la ciudad. Los artículos no se habían firmado aún cuando se oyen de pronto gritos y alaridos. “Nos traicionáis-dice el virrey a Peterborough—; nosotros capitulamos con buena fe y vuestros ingleses han entrado en la ciudad por las murallas. Degüellan, saquean y violan.” “Os equivocáis-contestó el conde Peterborough—; deben ser tropas del príncipe de Darmstadt. No hay más que un medio de salvar vuestra ciudad: el de dejarme entrar inmediatamente con mis ingleses; yo apaciguaré todo y volveré a la puerta a concluir la capitulación.” Habló con tal acento de verdad y de grandeza que, unido al peligro presente, persuadió al gobernador, que lo dejó entrar. Corre con sus oficiales; encuentra alemanes y catalanes, quienes junto con la plebe de la ciudad saqueaban las casas de los principales ciudadanos; los echa; les hace dejar el botín que robaban; encuentra a la duquesa de Popoli entre las manos de los soldados a punto[181] de ser deshonrada, y la devuelve a su marido. Por último, después de apaciguarlo todo, vuelve a la puerta y firma la capitulación. Los españoles estaban confundidos al ver tanta magnanimidad en los ingleses que el populacho había tomado por bárbaros despiadados, porque eran herejes.