El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV El convento de Saint-Cyr reanimó el gusto por las cosas del espíritu. Madame de Maintenon rogó a Racine, que había renunciado al teatro por el jansenismo y por la corte, que escribiera una tragedia que pudiera ser representada por sus alumnas. Quiso un terna sacado de la Biblia y Racine escribió Esther . La pieza se representó primero en la casa de Saint-Cyr y después varias veces en Versalles en presencia del rey, en el invierno de 1689. Prelados y jesuitas se apresuraban a obtener permiso para ver el singular espectáculo. Es notable el éxito universal que la obra tuvo en aquella ocasión, y también lo es que dos años después, Atalía, representada por las mismas personas, no tuviera ninguno. Sucedió todo lo contrario cuando se representaron estas obras en París, mucho después de la muerte del autor, cuando se las pudo ver sin parcialidad. Atalía, representada en 1717, fué recibida, como debía serlo, con entusiasmo; y Esther , en 1721, fué acogida con frialdad, y no reapareció. Pero es que entonces ya no había cortesanos que reconocieran zalameramente a Esther en madame de Maintenon y con malignidad a Vasthi en madame de Montespan, a Aman en el señor de Louvois, y sobre todo a los hugonotes, perseguidos por este ministro en la proscripción de los hebreos. El público imparcial no vio en ella más que una aventura sin interés ni verosimilitud; un rey insensato que ha pasado seis meses con su mujer sin saber, sin informarse siquiera de quién es ella; un ministro bárbaro hasta la ridiculez que le pide al rey el exterminio de toda una nación, ancianos, mujeres, niños, porque no le han hecho la reverencia; el mismo ministro lo bastante tonto como para ordenar matar a todos los judíos en el término de once meses, a fin de darles, por lo visto, tiempo de escaparse o defenderse; un rey imbécil que, sin pretexto alguno, firma esta orden ridícula, y que después, sin ton ni son también, hace ahorcar, de pronto, a su favorito. Todo esto, sin intriga, sin acción, sin interés, desagradó sobremanera a todos los que tenían sentido y gusto.[285] Pero a pesar del defecto del argumento, treinta versos de Esther valen más que muchas tragedias que obtuvieron grandes éxitos.