El Siglo de Luis XIV

El Siglo de Luis XIV

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Sin embargo, cuando apareció Bourdaloue, Bossuet dejó de ser considerado el primer predicador. Se había entregado a las oraciones fúnebres, género de elocuencia que requiere imaginación y una grandeza, majestuosa, muy próxima a la poesía de la cual debe siempre tomarse algo, aunque con discreción, cuando se tiende a lo sublime. La oración fúnebre de la reina madre que pronunció en 1667, le valió el obispado de Condom; pero ese discurso no era todavía digno de él y no fué impreso, como tampoco sus sermones. El elogio fúnebre de la reina de Inglaterra, viuda de Carlos I, hecho en 1669, pareció, casi en su totalidad, una obra maestra. Los temas de esas piezas de elocuencia son felices en proporción a las desgracias padecidas por los muertos. Ocurre, en cierta manera, lo que en las tragedias, en las que los grandes infortunios de los principales personajes despiertan el mayor interés. El elogio fúnebre de Madame, arrebatada en la flor de la edad, y muerta en sus brazos, tuvo el más grande y el más raro de los éxitos, el de hacer derramar lágrimas a la corte. Tuvo que interrumpirse después de estas palabras: “¡Oh noche desastrosa! noche terrible, en la que retumbó de pronto, con fragor de trueno, esta noticia conmovedora: Madame se muere, Madame ha muerto, etc.” El auditorio estalló en sollozos; y la recitación del orador fué interrumpida por sus suspiros y por su llanto.


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