El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV El espíritu dogmático puso en los hombres la violencia de las guerras de religión. Durante mucho tiempo me he preocupado por saber cómo y por qué ese espíritu dogmático, que dividió a las escuelas de la antigüedad pagana sin causar los menores trastornos, los produjo entre nosotros tan terribles. No es el fanatismo la única causa; porque los gimnosofistas y los bracmanes —los más fanáticos de los hombres— sólo se hicieron daño a sí mismos. ¿No podría encontrarse el origen de esa nueva peste que ha desolado la tierra, en la lucha natural del espíritu republicano, que animó a las primeras iglesias, contra la autoridad que odia toda clase de resistencia? Las asambleas secretas que desafiaron en sótanos y grutas las leyes de algunos emperadores romanos, constituyeron poco a poco un Estado dentro del Estado: era una república oculta en el seno del Imperio. Constantino la sacó de bajo tierra para ponerla al lado del trono. La autoridad ligada a las grandes sedes no tardó en entrar en conflicto con el espíritu popular, inspirador, hasta entonces, de todas las asamblas de los cristianos. Frecuentemente, en cuanto el obispo de una metrópoli hacía valer un pensamiento, un obispo sufragáneo, un sacerdote, un diácono, discrepaban. Toda autoridad hiere en secreto a los hombres, tanto más cuanto que toda autoridad tiende siempre a acrecentarse. Cuando se encuentra un pretexto para resistirla que se considera sagrado, la rebelión se convierte en un deber. Así, los unos se convierten en perseguidores, los otros en rebeldes, y ambas partes ponen a Dios por testigo.