El Siglo de Luis XIV
El Siglo de Luis XIV Hemos visto, por una historia auténtica y por una serie de treinta y seis eclipses de sol calculados, que el origen de esta nación se remonta más allá del tiempo en que nosotros situamos de ordinario el diluvio universal. Los letrados jamás tuvieron otra religión que la de la adoración de un Ser supremo. Su culto fue la justicia. No pudieron conocer las leyes sucesivas dadas por Dios a Abraham, a Moisés, y por último, la ley perfeccionada del Mesías, desconocida durante mucho tiempo por los pueblos del Occidente y del Norte. Está probado que las Galias, Germania, Inglaterra, todo el Septentrión, estaban sumidos en la más bárbara idolatría, cuando los tribunales del vasto imperio de la China cultivaban las buenas costumbres y las leyes, reconociendo un solo Dios, cuyo sencillo culto jamás había cambiado. Estas verdades evidentes debían justificar las palabras del jesuita Lecomte. No obstante, como en dichas proposiciones podría encontrarse alguna idea que contradijera un tanto las ideas admitidas, se las atacó en la Sorbona. El abate Boileau, hermano de Despreaux, espíritu no menos crítico que su hermano y más enemigo de los jesuitas, denunció, en 1700, ese elogio de los chinos al que consideraba una blasfemia. El abate Boileau era un espíritu vivaz y singular que escribía cómicamente cosas serias y atrevidas. Es autor del libro de los Flagelantes y de varios otros de la misma especie. Decía que los escribía en latín por temor a la censura de los obispos; y Despreaux, su hermano, decía de él: “Si no fuera doctor de la Sorbona, hubiera sido doctor de la comedia italiana.” Declamó violentamente contra los jesuitas y los chinos y comenzó por decir “que el elogio de esos pueblos había hecho vacilar su cerebro cristiano”. Los demás cerebros de la asamblea vacilaron también. Se produjeron algunos debates: un doctor de apellido Lesage opinó que debían enviarse al lugar del suceso doce de sus colegas de fe más robusta, para que fueran a conocer a fondo la causa. La escena fué violenta; pero, en fin, la Sorbona declaró que las alabanzas de los chinos eran falsas, escandalosas, temerarias, impías y heréticas.