Micromegas
Micromegas Belo, más asombrado que nunca, no podía creer que aquel mozo tan extraordinario fuera hijo de un pastor. Hizo que corrieran tras él, pero pronto le informaron que no podía darse alcance a los unicornios sobre los que aquellos tres hombres cabalgaban, y que al paso que iban debían hacer cien leguas al día.
Todos comentaban aquel extraño suceso y se agotaban en vanas conjeturas. ¿Cómo podía el hijo de un pastor regalar cuarenta diamantes de aquel tamaño? ¿Por qué iba montado en un unicornio? No hallaban respuesta y Formosante, acariciando a su pájaro, se hallaba sumida en un profundo ensueño.
