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Mientras el caballerizo mayor se dirigía al anfiteatro para cumplir su cometido, llegó otro criado montado en un unicornio. Dicho criado, dirigiendo la palabra al mozo, le dijo: «Vuestro padre Orinar se acerca al fin de sus días y he venido para avisaros.» El desconocido levantó los ojos al cielo, dejó escapar unas lágrimas y contestó con una sola palabra: «Vámonos.»

El caballerizo mayor, tras haber expresado los saludos de Belo al vencedor del león, al dador de los cuarenta diamantes, al dueño del hermoso pájaro, preguntó al criado de qué reino era soberano el padre de aquel joven héroe. Respondió el criado: «Su padre es un anciano pastor muy querido en la comarca.»

En el tiempo de aquella breve conversación el desconocido había montado ya en su unicornio. Dijo al caballerizo mayor: «Señor, os ruego que me pongáis a los pies de Belo y de su hija. Me atrevo a suplicarle que cuide del pájaro que le dejo: es único como ella.» Al concluir aquellas palabras partió como un rayo; sus dos criados lo siguieron y pronto se perdieron de vista.

Formosante no pudo contener un gran grito. El pájaro, volviéndose hacia el anfiteatro donde había estado sentado su dueño, parecía muy afligido al no verlo ya. Luego, mirando fijamente a la princesa y frotando suavemente su mano con su pico, parecía entregarse a su servicio.


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