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La atención, la curiosidad, el asombro y el éxtasis de toda la corte se dividían entre los cuarenta diamantes y el pájaro. Se había posado en la balaustrada, entre Belo y su hija Formosante, que lo alababa, lo acariciaba y lo besaba. Parecía recibir sus caricias con una mezcla de placer y respeto. Cuando la princesa le daba un beso se lo devolvía y la miraba luego con ojos tiernos. Recibía de sus manos galletas y alfóncigos, que tomaba con su pata purpúrea y plateada y llevaba a su pico con una gracia que no se puede expresar.

Belo, que había contemplado los diamantes con atención, pensó que una de sus provincias apenas podría pagar un presente tan rico. Ordenó que se prepararan para el desconocido obsequios de mayor magnificencia que los que estaban destinados a los tres monarcas. «Ese mozo, decía, es sin duda hijo del rey de la China, o de esa parte del mundo que llaman Europa, de la que he oído hablar, o de África, que es, según dicen, vecina del reino de Egipto.»

Envió al punto a su caballerizo mayor a que cumplimentara al desconocido y a que le preguntara si era soberano o hijo de soberano de alguno de aquellos imperios y por qué, si poseía tan asombrosos tesoros, había acudido con un criado y una bolsa.


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