Micromegas

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Su amo, con su ordinaria modestia, volvió a su asiento. Diole la cabeza del león a su pájaro y le dijo: «Hermoso pájaro, id a depositar a los pies de Formosante este pequeño obsequio. » Partió el pájaro llevando en una de sus garras el terrible trofeo; lo presentó a la princesa inclinando humildemente el cuello y echándose ante ella. Los cuarenta brillantes dejaron maravillados a los presentes. Todavía no se conocía aquel prodigio en la soberbia Babilonia: la esmeralda, el topacio, el zafiro y el piropo eran considerados aún los más preciados ornamentos. Belo y toda su corte quedaron prendados de admiración. El pájaro que ofrecía aquel presente los sorprendió aún más. Era de la altura de un águila, pero sus ojos eran tan dulces como los del águila son fieros y amenazadores. Su pico era de color de rosa y parecía tener un no sé qué de la hermosa boca de Formosante. Su cuello reunía todos los colores del arco iris, aunque más vivos y brillantes. El oro, en mil matices, brillaba en su plumaje. Sus pies parecían una mezcla de plata y púrpura, y la cola de los hermosos pájaros que se enganchó más tarde al carro de Juno no se acercaba a la suya.





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