Micromegas
Micromegas El rey escita, más proclive a la gratitud que a la envidia, dio las gracias a su salvador y, tras haberle abrazado tiernamente, volvió a su cuartel para aplicar el díctamo a sus heridas.
El desconocido dio la cabeza del león a su criado; éste, tras lavarla en la gran fuente que se hallaba a los pies del anfiteatro, y haber vaciado toda la sangre, sacó un hierro de su bolsa, arrancó los cuarenta dientes del león y puso en su lugar cuarenta diamantes de igual grosor.