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El ministro más joven, llamado Onadase, que tenía más talento que los demás, dijo que el oráculo se refería sin duda a alguna peregrinación devota y que se ofrecía para ser acompañante de la princesa. El consejo fue de su opinión, pero todos querían hacer de escuderos. El rey decidió que la princesa podría ir a trescientas parasangas en el camino de Arabia, a un templo cuyo santo tenía fama de conseguir felices casamientos a las doncellas, y que sería el decano del consejo quien la acompañara. Tras aquella decisión se fueron a cenar.

III

En medio de los jardines, entre las cascadas, se elevaba un salón ovalado de trescientos pies de diámetro, cuya bóveda azul sembrada de estrellas representaba todas las constelaciones con los planetas, cada una en el lugar que le correspondía, y aquella bóveda giraba al igual que el cielo gracias a unas tramoyas tan invisibles como las que dirigen los movimientos celestes. Cien mil antorchas, encerradas en cilindros de cristal de roca, iluminaban el exterior y el interior del comedor.

Un aparador en gradas contenía veinte mil fuentes de oro y frente al aparador otras gradas estaban ocupadas por músicos. Otros dos anfiteatros estaban repletos de frutas de todas las estaciones y de ánforas de cristal donde brillaban todos los vinos de la tierra.


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