Micromegas
Micromegas La música, que comenzó a sonar, dio plena libertad a cada príncipe para conversar con su vecina. El festín resultó agradable y magnífico al tiempo. Habían servido ante Formosante un guiso muy del agrado del rey su padre. La princesa dijo que debían presentarlo primero a Su Majestad; al punto el pájaro asió la fuente con maravillosa destreza y fue a presentarla al rey. Nunca se produjo tamaño asombro en la mesa. Belo lo acarició tanto como su hija. El pájaro levantó luego el vuelo para regresar junto a ella. Desplegaba al volar una cola tan hermosa, sus alas extendidas mostraban tan brillantes colores, el oro de su plumaje despedía un centelleo tan deslumbrante que todas las miradas estaban fijas en él. Los músicos dejaron de tocar y permanecieron inmóviles. Nadie comía, nadie hablaba, sólo se oía un murmullo de admiración. La princesa de Babilonia lo estuvo besando durante toda la cena, sin pensar siquiera que había reyes en el mundo. El de las Indias y el de Egipto sintieron aumentar su despecho e indignación y cada uno se prometió que forzaría la marcha de sus trescientos mil hombres para vengarse.