Micromegas
Micromegas En cuanto al rey de los escitas, estaba ocupado dando conversación a la hermosa Aldea. Su altivo corazón, despreciando sin despecho los desdenes de Formosante, había concebido hacia ella más indiferencia que resentimiento. «Es hermosa, decía, lo admito; pero me parece una de esas mujeres ocupadas sólo de su belleza y que piensan que el género humano debe de estarles agradecido cuando se dignan aparecer en público. En mi país no adoramos ídolos. Preferiría una mujer fea, complaciente y atenta a esa hermosa estatua. Señora, vos tenéis tantos encantos como ella y os dignáis dar conversación a los forasteros. Con la franqueza de un escita os confieso que os doy la preferencia sobre vuestra prima.» Se equivocaba sin embargo en cuanto al carácter de Formosante: no era tan desdeñosa como le parecía, pero el cumplido fue muy bien recibido por la princesa Aldea. Su conversación se hizo muy interesante: estaban muy contentos y seguros ya uno del otro antes de levantarse de la mesa.
Tras la cena fueron a pasear por los bosques. El rey de los escitas y Aldea no dejaron de buscar un rincón solitario. Aldea, que era la franqueza personificada, habló así a aquel príncipe: