Micromegas
Micromegas Dijo Memnón entonces: «Monseñor, sin mujeres y sin comer, ¿en qué pasáis el tiempo? —En cuidar de los otros globos que nos han sido confiados, dijo el genio, y por eso vengo a consolarte. —¡Ay!, ¿por qué no vendrÃais anoche para impedir que cometiera tantas locuras? —Estaba con tu hermano mayor Assan, dijo el ser celestial. Es más digno de lástima que tú. Su Graciosa Majestad el rey de las Indias en cuya corte tiene el honor de hallarse, le ha hecho sacar ambos ojos por una pequeña indiscreción, y se encuentra ahora en una mazmorra, con grilletes en pies y manos. —De poco nos ha servido tener un genio en la familia, dijo Memnón, si de dos hermanos uno está tuerto y el otro ciego, uno yace en unas pajas y el otro en un calabozo. —Tu suerte cambiará, añadió el animal de la estrella. Cierto es que no dejarás de ser tuerto, pero, aparte de eso, serás bastante dichoso mientras no concibas el necio proyecto de ser perfectamente cuerdo. —¿Será imposible conseguirlo?, exclamó Memnón entre suspiros. —Tan imposible, replicó el otro, como ser perfectamente hábil, perfectamente fuerte, perfectamente poderoso, perfectamente dichoso. Incluso nosotros nos hallamos muy lejos de conseguirlo. Hay un globo en el que puede darse, pero en los cien mil millones de mundos esparcidos por el infinito todo avanza por grados. Se posee menos cordura y placer en el segundo que en el primero, menos en el tercero que en el segundo. Y asà sucesivamente hasta el último, en el que todos están completamente locos. —Mucho me temo, dijo Memnón, que nuestro diminuto globo terráqueo sea precisamente la casa de locos del universo de que acabáis de hablar. —En absoluto, dijo el espÃritu, pero no anda muy lejos: todo debe ocupar su lugar. —Entonces, replicó Memnón, algunos poetas y filósofos se equivocan de medio a medio al decir que todo está bien. —Están cargados de razón, dijo el filósofo de las alturas, si consideramos la disposición del universo entero.