Micromegas
Micromegas —Devuélveme, pues, mi ojo, mi salud, mi caudal y mi cordura», añadió Memnón. Le contó luego cómo había perdido todo aquello en un día. «Esos lances no nos ocurren en el mundo en que vivimos nosotros, dijo el espíritu. —¿Y en qué mundo vivís?, preguntó el afligido mortal. —Mi patria, repuso, se halla a quinientos millones de leguas del sol, en una estrellita cercana a Sirio, que se ve desde aquí. —¡Qué país tan hermoso!, dijo Memnón. ¿O sea que no tenéis en vuestra nación tunantas que engañan a pobres desgraciados, amigos íntimos que les ganan el dinero y les sacan un ojo, quebrados, sátrapas que se burlan de ellos negándoles justicia? —No, dijo el habitante de la estrella, no tenemos nada de eso. Las mujeres no nos engañan nunca porque no tenemos, no hacemos excesos en la mesa porque no comemos, no tenemos quebrados porque no usamos oro ni plata, no pueden sacarnos los ojos porque no tenemos cuerpos semejantes a los vuestros, y los sátrapas no nos atropellan porque en nuestra estrella todos somos iguales.»