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Habiendo, pues, Memnón renunciado por la mañana a las mujeres, a los excesos de la mesa, al juego, a toda disputa y, sobre todo, a la corte, había sido engañado antes de llegada la noche por una hermosa dama, se había embriagado, había jugado, se había peleado, se había hecho sacar un ojo y había estado en la corte, donde se habían burlado de él.

Sin poder salir de su asombro y abrumado por el dolor regresa con la muerte en el alma. Cuando se dispone a entrar en su casa se encuentra a los alguaciles que se llevan sus muebles de parte de sus acreedores.

Queda casi sin sentido bajo un plátano y topa con la hermosa dama de la mañana, que se paseaba con su querido tío y que echó a reír al ver el parche que llevaba. Anocheció y Memnón se tendió sobre unas pajas junto a las paredes de su casa. Le entró fiebre y, dormido en sus vapores, se le apareció en sueños un espíritu celestial.

Brillaba como un ascua de luz. Tenía seis hermosas alas, aunque carecía de pies, cabeza y cola, y no se parecía a nada conocido.

«¿Quién eres?, le preguntó Memnón.

—Soy tu genio bueno, le respondió.


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