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Despechado, Memnón va a palacio con un parche en un ojo y un memorial bajo el brazo para pedir justicia al rey contra el quebrado. Encuentra en una sala a varias damas que llevaban con desparpajo unos tontillos de veinticuatro pies de circunferencia. Una de ellas, que lo conocía algo, dijo mirándolo de soslayo: « ¡Huy, qué horror!» Otra, que lo conocía algo más, le dijo: «Buenas tardes, señor Memnón; de veras, señor Memnón, que me alegro de veros. A propósito, señor Memnón, ¿cómo habéis perdido un ojo?» Y pasó adelante sin esperar respuesta. Memnón fue a ocultarse en un rincón y esperó el momento de arrojarse a las plantas del soberano. Llegado el momento besó por tres veces el suelo y presentó su memorial. Su Graciosa Majestad lo recibió con suma afabilidad y pasó el memorial a uno de sus sátrapas para que le hiciera un informe. El sátrapa lleva a Memnón aparte y le dice en tono altivo y burlándose cruelmente de él: «Gracioso tuerto sois al dirigiros al rey y no a mí, y más gracioso al osar pedir justicia contra un honesto quebrado, a quien honro con mi protección y que es sobrino de una criada de mi querida. Olvidad este asunto amigo mío, si queréis conservar el ojo que os queda.»





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