Micromegas

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Lleno de vergüenza y desesperación volvió Memnón a su casa: encontró una invitación para ir a comer con unos amigos íntimos. «Si me quedo solo en casa, se dijo, empezaré a darle vueltas en mi cabeza a mi triste aventura, no comeré nada y caeré enfermo. Será mejor ir a comer con mis amigos un frugal almuerzo. En su amable compañía olvidaré la torpeza que he cometido esta mañana.» Acude a la cita y lo encuentran algo tristón. Le hacen beber para que olvide su tristeza. Un poco de vino tomado con moderación es remedio para el alma y para el cuerpo. Así piensa el sabio Memnón y termina por embriagarse. Tras la comida proponen jugar. Una mano entre amigos es un pasatiempo honrado. Juega y le ganan cuanto lleva en la bolsa y cuatro veces más sobre su palabra. Se produce una riña en el juego, se acaloran los ánimos, uno de sus amigos le arroja un cubilete a la cara y le saca un ojo. Llevan a su casa al sabio Memnón ebrio, sin dinero y con un ojo menos.

Duerme la mona y cuando tiene la cabeza algo más despejada envía a su criado a por dinero a casa del tesorero general de Nínive para pagar a sus amigos. El criado regresa diciendo que su deudor había hecho por la mañana una bancarrota fraudulenta que había dejado en la miseria a cien familias.



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