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La afligida dama lo condujo a un aposento perfumado y lo invitó a sentarse amablemente con ella en un gran sofá, donde cabían ambos con las piernas cruzadas, uno frente a otro. La dama habló con los ojos bajos, de los que de vez en cuando manaban algunas lágrimas, y que al alzarse hallaban siempre las miradas del cuerdo Memnón. Sus palabras estaban llenas de ternura, que aumentaba a cada nueva mirada. Memnón se tomaba sus asuntos realmente a pecho y crecía más y más en él el deseo de ser útil a tan honesta y desdichada persona. En el arrebato de la conversación, sin darse cuenta dejaron de estar uno frente al otro. Sus piernas no estuvieron ya cruzadas. Memnón le aconsejaba tan de cerca, le daba tan tiernas opiniones, que no podían ya hablar de negocios ni sabían ya dónde se hallaban.

Cuando estaban en eso llega el tío, como es fácil de imaginar. Estaba armado de pies a cabeza y lo primero que dijo fue que iba a matar, como era justo, al cuerdo Memnón y a su sobrina; lo último que dijo fue que podría perdonarlos por una fuerte suma. Memnón se vio obligado a entregar cuanto llevaba. En aquellos tiempos podía uno darse por satisfecho de salir tan bien parado; todavía no se había descubierto América y las damas afligidas no eran, con mucho, tan peligrosas como ahora.


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