Micromegas

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Tras haber trazado su pequeño plan de cordura en su cuarto, Memnón se asomó a la ventana. Vio a dos mujeres paseándose bajo unos plátanos junto a su casa. Una era anciana y parecía no tener preocupación alguna. La otra era joven y bonita y parecía muy preocupada. Lanzaba suspiros, lloraba, y con todo eso aumentaban sus encantos. A nuestro sabio le impresionó no ya la belleza de la dama (estaba seguro de no sufrir tal flaqueza), sino la aflicción en que se hallaba. Bajó a la calle y se acercó a la joven ninivita con ánimo de consolarla con sabiduría. La linda muchacha le contó con la más ingenua y tierna expresión todo el daño que le causaba un tío que no tenía, con qué artimañas le había arrebatado un caudal que nunca había poseído y hasta qué punto temía su furia. «Me parecéis hombre de tan sensata opinión, le dijo, que si tuvierais la amabilidad de acercaros a mi casa y de examinar mis asuntos, segura estoy de que me sacaríais del apuro en que me encuentro.» Memnón no vaciló en seguirla para examinar sabiamente sus asuntos y darle buen consejo.






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