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El fénix encargó al punto una carroza de seis unicornios. La madre procuró doscientos jinetes y obsequió a su sobrina la princesa con varios miles de diamantes de su país. El fénix, afligido por la desgracia causada por la indiscreción del mirlo, ordenó que todos los mirlos abandonaran aquellas tierras, y desde entonces ya no se encuentran mirlos en las orillas del Ganges.

V

En menos de ocho días los unicornios llevaron a Formosante, Irla y el fénix a Cambalú, capital de la China. Era una ciudad mayor que Babilonia y de una especie de magnificencia muy distinta. Aquellos nuevos objetos, aquellas nuevas costumbres hubiesen divertido a Formosante de haber podido ocuparse de otra cosa que de Amazán.

Cuando el emperador de la China supo que la princesa de Babilonia se hallaba en una de las puertas de la ciudad le envió cuatro mil mandarines en traje de ceremonia. Todos se prosternaron ante ella y cada uno le presentó un parabién escrito con letras de oro en una hoja de seda púrpura. Formosante les dijo que de tener cuatro mil lenguas no dejaría de responder inmediatamente a cada mandarín, pero como sólo tenía una les rogaba que aceptaran se sirviera de ella para darles las gracias a todos en general. Luego la acompañaron respetuosamente al palacio del emperador.


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