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Entonces hizo desplegar ante la princesa todos los títulos de la casa de Aldea, pero Formosante no quiso verlos. «¡Ay!, exclamó, ¿se examina señora lo que se desea? Mi corazón os cree sobradamente. Pero ¿dónde está Aldea-Amazán? ¿Dónde está mi pariente, mi amado, mi rey? ¿Dónde está mi vida? ¿Qué camino ha tomado? Iré a buscarlo por todas las esferas que el Eterno ha creado y que adorna con su presencia. Iré a la estrella Canope, a Sheat, a Aldebarán. Iré a convencerle de mi amor y de mi inocencia. »

El fénix justificó a la princesa del crimen que le imputaba el mirlo de haber dado un beso de amor al rey de Egipto. Pero había que desengañar a Amazán y hacer que regresara. Envió pájaros por todos los caminos, puso en campaña a los unicornios. Finalmente le informaron que Amazán había tomado el camino de la China. «¡Pues bien, vamos a la China!, exclamó la princesa. El viaje no es largo, confío en traeros a vuestro hijo dentro de quince días a lo sumo.» Ante aquellas palabras, ¡cuántas lágrimas de ternura derramaron la madre gangárida y la princesa de Babilonia! ¡Cuántos abrazos! ¡Cuántas efusiones cordiales!




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