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—¡Ay! Tía, exclamó la hermosa Formosante, juro por él y por el poderoso Ormuz que aquel beso funesto, lejos de ser criminal, era la mayor prueba de amor que pudiera dar a vuestro hijo. Por él desobedecía a mi padre. Por él iba del Éufrates al Ganges. Al caer en manos del indigno faraón de Egipto, sólo podía escapar engañándolo. Pongo por testigo las cenizas y el alma del fénix que estaban entonces en mi bolsillo; él podrá hacerme justicia. ¿Pero cómo puede ser que vuestro hijo, nacido en las orillas del Ganges, pueda ser primo mío, cuando mi familia reina en las orillas del Éufrates desde hace tantos siglos?

—Ya sabéis, le dijo la venerable gangárida, que vuestro tío abuelo Aldea era rey de Babilonia y que fue destronado por el padre de Belo. —Sí, señora. —Sabréis que su hijo Aldea había tenido de su matrimonio a la princesa Aldea, educada en vuestra corte. Este príncipe, perseguido por vuestro padre, vino a refugiarse en nuestro tranquilo país, con nombre supuesto, se casó conmigo y de él he tenido al joven príncipe Aldea-Amazán, el más hermoso, fuerte, intrépido y virtuoso de los mortales, y hoy el más loco. Fue a las fiestas de Babilonia atraído por la fama de vuestra belleza: desde aquel día os idolatra. Tal vez no volveré a ver a mi querido hijo.»


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