Micromegas
Micromegas —¡Ay! Señora, repuso la madre de Amazán, ése es precisamente el motivo de nuestras desdichas. Mi hijo había enviado a aquel mirlo para que se enterara de vuestro estado de salud y de cuanto ocurría en Babilonia. Calculaba poder volver pronto a ponerse a vuestras plantas y consagraros su vida. No sabéis hasta qué punto os adora. Todos los gangáridas son amorosos y fieles, pero mi hijo es el más apasionado y constante de todos. El mirlo os encontró en una posada: estabais bebiendo muy contenta con el rey de Egipto y un horrible sacerdote, vio que le dabais un tierno beso a ese monarca que había matado al fénix y por quien mi hijo conserva un invencible horror. A la vista de aquello el mirlo fue presa de justa indignación y alzó el vuelo maldiciendo vuestros funestos amores. Ha regresado hoy y lo ha contado todo. ¡Pero en qué momentos, oh cielos! Cuando mi hijo lloraba conmigo la muerte de su padre y la del fénix, cuando sabía por mí misma que es vuestro primo hermano.
—¡Oh, cielos! ¡Mi primo! ¿Es posible, señora? ¿Por qué azar? ¿Cómo? ¡Feliz yo hasta ese extremo y desdichada por haberle ofendido!
—Mi hijo es primo vuestro, continuó la madre, y pronto os daré pruebas de ello. Pero al convertiros; en parienta mía me arrancáis a mi hijo; no podrá sobrevivir al dolor que le ha causado el beso dado al rey de Egipto.