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El emperador de la China le respondió que, por los informes que le habían dado, creía que su enamorado había tomado un camino que conducía a Escitia. Al punto engancharon a los unicornios y la princesa, tras dar los más afectuosos parabienes, se despidió del emperador con el fénix, su doncella Irla y todo su séquito.

En cuanto estuvo en Escitia advirtió mejor que nunca cuánto difieren y diferirán los hombres y los gobiernos hasta el día en que algún pueblo más ilustrado que los demás comunique la luz poco a poco tras mil siglos de tinieblas, y que en los países bárbaros habrá almas heroicas que tendrán la fuerza y la perseverancia de convertir a las bestias en hombres. No había ciudades en Escitia, y por ende tampoco artes agradables. Sólo se veían enormes praderas y naciones enteras en tiendas y carros. Aquel aspecto inspiraba pavor. Formosante preguntó en qué tienda o en qué carromato se alojaba el rey. Le dijeron que hacía ocho días que se había puesto en marcha a la cabeza de trescientos mil jinetes para ir al encuentro del rey de Babilonia, a cuya sobrina, la hermosa princesa Aldea, había raptado. «¿Ha raptado a mi prima?, exclamó Formosante, no esperaba yo este nuevo suceso. ¡Vaya! ¡Mi prima, que estaba más que contenta haciéndome la corte, es ahora reina y yo ni siquiera me he casado!» Se hizo conducir sin pérdida de tiempo a las tiendas de la reina.


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