Micromegas
Micromegas Su inesperado encuentro en aquellos climas lejanos, las cosas singulares que tenían que contarse una a otra, dieron a su entrevista un encanto que les hizo olvidar que nunca se habían tenido en gran estima. Volvieron a verse con arrebato; una dulce ilusión ocupó el lugar del verdadero cariño. Se abrazaron llorando e incluso hubo entre ellas cordialidad y franqueza, dado que la entrevista no se celebraba en un palacio.
Aldea reconoció al fénix y a la confidente Irla. Le dio a su prima pieles de marta cibelina y recibió a cambio diamantes. Hablaron de la guerra que ambos reyes emprendían, deploraron la condición de los hombres a los que unos monarcas envían por capricho a matarse por unas discrepancias que dos personas sensatas podrían conciliar en una hora. Pero, sobre todo, hablaron del hermoso forastero vencedor de leones, dador de los mayores diamantes del universo, hacedor de madrigales, dueño del fénix, convertido en el más desdichado de los mortales por el informe de un mirlo. «Es mi querido hermano, decía Aldea. —Es mi amante, exclamaba Formosante; sin duda lo habéis visto, tal vez esté aún aquí, pues sabe que es vuestro hermano, prima, y no os habrá dejado de repente como dejó al rey de la China.