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El fénix, encantado con todo lo que le contaba aquel señor, le dijo: «Señor, hace veintisiete mil novecientos años y siete meses que estoy en el mundo, y no he visto nada que iguale a lo que me acabáis de decir.» Le pidió noticias de su amigo Amazán; el cimerio le contó lo mismo que habían dicho a la princesa en la China y en la Escitia, Amazán huía de todas las cortes en cuanto una dama le daba una cita en la que temía sucumbir. El fénix informó enseguida a Formosante de aquella nueva prueba de fidelidad que Amazán le daba, fidelidad tanto más asombrosa cuanto que no podía sospechar que su princesa pudiera enterarse.

Había marchado hacia Escandinavia. En aquellos países nuevos espectáculos iban a sorprenderlo. La realeza y la libertad subsistían juntas mediante un acuerdo que parecía imposible en otros estados. Los campesinos tomaban parte en la legislación, al igual que los grandes del reino, y un joven príncipe daba las mayores esperanzas de ser digno de gobernar a una nación libre. Y eso era lo más extraño: el único rey en la tierra despótico por derecho según un contrato formal con su pueblo era al mismo tiempo el más joven y justo de los reyes.




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