Micromegas
Micromegas Entre los sármatas Amazán vio a un filósofo en el trono. PodrÃa llamársele rey de la anarquÃa, pues era el jefe de cien mil reyezuelos, de los que uno solo podÃa con una palabra anular las resoluciones de todos los demás. No le costaba a Eolo más trabajo contener todos los vientos que se enfrentan sin cesar que a aquel rey conciliar los espÃritus. Era un piloto rodeado por eterna tempestad y, sin embargo, la nave no se partÃa, pues el prÃncipe era un excelente piloto.
Recorriendo todos esos paÃses tan distintos del suyo Amazán rechazaba constantemente todas las aventuras que se le presentaban, desesperado siempre por el beso que Formosante habÃa dado al rey de Egipto, firme siempre en su inconcebible resolución de dar a Formosante ejemplo de fidelidad única e inquebrantable.
La princesa de Babilonia, junto con el fénix, lo seguÃa de cerca, y llegaba tarde sólo por uno o dos dÃas, sin que uno se cansara de correr y la otra perdiera un momento al seguirlo.