Micromegas
Micromegas Cruzaron así toda la Germania. Admiraron los progresos que la razón y la filosofía hacían en el norte. Todos los príncipes eran instruidos, todos autorizaban la libertad de pensar. Su educación no había sido confiada a hombres que tuvieran interés en engañarlos o que estuvieran equivocados; los habían educado en el conocimiento de la moral universal y en el desprecio de las supersticiones. Se había desterrado de todos sus estados una costumbre insensata que debilitaba y despoblaba varios países meridionales: era la de enterrar en vida, en amplios calabozos, a un número infinito de personas de ambos sexos, eternamente separados uno del otro, y de hacerles jurar que nunca tendrían contacto entre sí. Tal exceso de demencia, acreditado durante siglos, había devastado la tierra tanto como las más crueles guerras.
Los príncipes del norte habían comprendido por fin que si querían tener yeguadas no había que separar a los caballos más fuertes de las yeguas. También habían destruido errores no menos extravagantes y perniciosos. Por fin podían los hombres ser razonables en aquellos vastos países, mientras que en otras partes se seguía creyendo que sólo puede gobernárseles mientras son imbéciles.