Micromegas
Micromegas Amazán llegó al país de los bátavos. En medio de su pesar, su corazón experimentó una dulce satisfacción al encontrar una débil imagen del país de los felices gangáridas: la libertad, la igualdad, la limpieza, la abundancia, la tolerancia. Pero las señoras del lugar eran tan frías que ninguna le hizo proposiciones como se las habían hecho en todas partes; no tuvo que molestarse en resistir. Si hubiera querido asediar a aquellas señoras las habría subyugado a todas sin ser amado por ninguna; pero estaba muy lejos de pensar en conquistas.
Formosante estuvo a punto de darle alcance en aquella insípida nación: fue cosa de un momento.
Amazán había oído hablar a los bátavos con tantos elogios de cierta isla llamada Albión, que decidió embarcarse con sus unicornios en un navío que, gracias a un viento de oriente favorable, le había llevado en cuatro horas hasta las orillas de aquella tierra más célebre que Tiro y la isla Atlántida.
La hermosa Formosante, que lo había seguido por las orillas del Duina, del Vístula, del Elba y del Wesser, llegó por fin a la desembocadura del Rhin, que vertía entonces sus rápidas aguas en el mar Germánico.
Al llegar supo que su querido enamorado navegaba hacia las costas de Albión.
