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VII

Amazán llegó al país de los bátavos. En medio de su pesar, su corazón experimentó una dulce satisfacción al encontrar una débil imagen del país de los felices gangáridas: la libertad, la igualdad, la limpieza, la abundancia, la tolerancia. Pero las señoras del lugar eran tan frías que ninguna le hizo proposiciones como se las habían hecho en todas partes; no tuvo que molestarse en resistir. Si hubiera querido asediar a aquellas señoras las habría subyugado a todas sin ser amado por ninguna; pero estaba muy lejos de pensar en conquistas.

Formosante estuvo a punto de darle alcance en aquella insípida nación: fue cosa de un momento.

Amazán había oído hablar a los bátavos con tantos elogios de cierta isla llamada Albión, que decidió embarcarse con sus unicornios en un navío que, gracias a un viento de oriente favorable, le había llevado en cuatro horas hasta las orillas de aquella tierra más célebre que Tiro y la isla Atlántida.

La hermosa Formosante, que lo había seguido por las orillas del Duina, del Vístula, del Elba y del Wesser, llegó por fin a la desembocadura del Rhin, que vertía entonces sus rápidas aguas en el mar Germánico.

Al llegar supo que su querido enamorado navegaba hacia las costas de Albión.


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