Micromegas
Micromegas Amazán bogaba ya en el mar, provisto de un mapa geográfico que le había regalado el sabio albionés que había conversado con él en casa de milord Quemasdá. Veía con sorpresa gran parte de la tierra en una hoja de papel.
Sus ojos y su imaginación se perdían por aquel pequeño espacio. Miraba el Rhin, el Danubio, los Alpes del Tirol, señalados entonces con otros nombres, y todos los países por donde tenía que pasar antes de llegar a la ciudad de las siete montañas. Pero, sobre todo, dirigía la mirada al país de los gangáridas, a Babilonia, donde había visto a su querida princesa, y al fatal país de Basora, donde ésta había besado al rey de Egipto.
Suspiraba, lloraba, pero reconocía que el albionés que le había regalado el universo en miniatura no se había equivocado al decir que eran mil veces más instruidos en las orillas del Támesis que en las del Nilo, el Éufrates o el Ganges.
Mientras regresaba a Batavia Formosante volaba hacia Albión con sus dos naves, que singlaban a toda vela. La de Amazán y la de la princesa se cruzaron, se tocaron casi: los dos amantes estaban muy cerca uno del otro pero no podían sospecharlo. ¡Ah, si lo hubieran sabido! Pero el imperioso destino no lo permitió.