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La conversación fue larga. Aunque el hermoso Amazán tuviera la mente algo trastornada, hablaba con tanto encanto, su voz era tan insinuante, su porte tan noble y afable, que la dueña de la casa no pudo evitar hablarle a solas. Le apretó suavemente la mano al hablarle y al mirarle con ojos humedecidos y chispeantes que llevaban los deseos a todos los resortes de la vida. Lo retuvo a cenar y a dormir. Cada instante, cada palabra, cada mirada inflamaban su pasión. Cuando todos se hubieron retirado le escribió una esquela, no dudando de que fuera a cortejarla a su cama mientras milord Quemasdá dormía en la suya. Amazán tuvo una vez más el valor de resistir. Tan maravillosos efectos produce una vena de locura en un alma fuerte y profundamente herida.

Amazán, según su costumbre, le escribió a la señora una contestación respetuosa en la que insistía en la santidad de su juramento y en la estricta obligación que tenía de enseñar a la princesa de Babilonia a doblegar sus pasiones. Hecho lo cual hizo enganchar a sus unicornios y partió para Batavia dejando a toda la compañía maravillada y desesperada a la dueña de la casa. En los excesos de su dolor ésta dejó caer la carta de Amazán. Milord Quemasdá la leyó a la mañana siguiente. «Menudas tonterías», dijo encogiéndose de hombros, y se fue a cazar zorros con varios borrachines de la vecindad.


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