Micromegas
Micromegas Tras aquellas palabras Amazán se sintió penetrado por el deseo de instruirse en aquellas sublimes ciencias de las que le hablaban. Y si su pasión por la princesa de Babilonia, el respeto filial por su madre a la que había dejado, y el amor a su patria no hubiesen hablado con fuerza a su desgarrado corazón, hubiera deseado pasar el resto de su vida en la isla de Albión. Pero aquel desdichado beso dado por su princesa al rey de Egipto no le dejaba la tranquilidad de espíritu necesaria para estudiar las altas ciencias.
«Os confieso, dijo, que habiéndome impuesto la ley de recorrer el mundo y olvidarme de mí mismo, siento curiosidad por ver esa antigua tierra de Saturno, ese pueblo del Tíber y de las siete montañas al que antaño obedecisteis; debe ser, sin duda alguna, el primer pueblo de la tierra. —Os aconsejo que hagáis ese viaje, le respondió el albionés, por poco que os gusten la música y la pintura. Nosotros solemos ir a menudo a pasear nuestro tedio por las siete montañas. Pero os asombrará ver a los descendientes de nuestros vencedores.»