Micromegas
Micromegas Le daba ejemplos y dominaba hasta tal punto el arte de contar que el corazón de Formosante terminó por calmarse y apaciguarse. Hubiese querido no partir tan aprisa, encontraba que sus unicornios iban demasiado veloces, pero no se atrevía a dar marcha atrás. Luchando entre el deseo de perdonar y de mostrar su cólera, entre su amor y su vanidad, dejaba que sus unicornios continuaran avanzando: recorría el mundo según la predicción del oráculo de su padre.
Amazán supo al despertar la llegada y la marcha de Formosante y el fénix, la desesperación y la indignación de la princesa. Le dijeron que había jurado no perdonarlo jamás. «Sólo me queda seguirla y darme muerte a sus plantas», exclamó.