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—Lo tengo decidido, dijo la princesa, no lo veré nunca más; partamos ahora mismo, que enganchen los unicornios.» El fénix la conjuró a que esperara por lo menos a que despertara Amazán y pudiese hablar con él. «No lo merece, dijo la princesa, sería una cruel ofensa, creería que os he rogado que le hicierais reproches y que quiero reconciliarme con él. Si me queréis no añadáis esta injuria a la que me ha infligido.» El fénix, que al fin y al cabo debía la vida a la hija del rey de Babilonia, no pudo desobedecerla. Se marchó con toda su gente. «¿Dónde vamos, señora?, le preguntó Irla.

—No lo sé, respondió la princesa. Tomaremos el primer camino que encontremos, mientras huya de Amazán para siempre me doy por satisfecha.»

El fénix, que era más sensato que Formosante porque estaba libre de la pasión, la consolaba en el camino. Le hacía ver con suavidad que era triste castigarse por las faltas de otro, que Amazán le había dado pruebas bastante evidentes y numerosas de fidelidad para que ella le perdonara un momento de debilidad, que era un justo a quien le había faltado la gracia de Ormuz, que en lo sucesivo sería más constante en el amor y en la virtud, que el deseo de expiar su falta lo liaría superarse, que ella sería mucho más dichosa, que varias grandes princesas antes que ella habían perdonado parecidas faltas y les había ido muy bien.


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