Micromegas
Micromegas Formosante profirió un grito de dolor que resonó en toda la casa, pero que no pudo despertar ni a su primo ni a la muchacha del asunto. Cayó sin sentido en brazos de Irla. En cuanto hubo recobrado el sentido salió de aquel fatal aposento con una mezcla de dolor y rabia. Irla fue a enterarse de quién era aquella señorita que pasaba tan buen rato con el hermoso Amazán. Le dijeron que era una muchacha del asunto muy complaciente, que unía a sus talentos el de cantar con bastante gracia. «¡Oh cielos! ¡Oh poderoso Ormuz!, exclamaba la hermosa princesa de Babilonia sumida en llanto, ¡quién me traiciona y con quién! O sea que el que ha rechazado por mí a tantas princesas me abandona por una cómica de las Galias. No, no podré sobrevivir a semejante afrenta.
—Señora, le dijo Irla, así son todos los muchachos de una parte del mundo a otra. Ni que estuvieran enamorados de una beldad bajada del cielo, en ciertos momentos la traicionarían por una moza de posada.